Recuerdos cortazarianos de mi vida sin TIC


(Por Alexis Oliva)

Texto híbrido perpetrado a partir de un menjunje de cosas vividas y leídas, trancas tecnológicas varias y el temor a que, de tanto digitalizar y multiplicar sus imágenes, el dolor de los demás deje de conmovernos. Valga también como homenaje a ese grande que se llamó Julio Cortázar y que no alcanzó a conocer el Google, el i-phone o el Facebook, pero sí a pensar a fondo sobre la comunicación humana.


Extraño aquel nudo que crecía en mi estómago mientras la esperaba, la incertidumbre de no saber si vendría o no, la ansiedad que me generaba cada minuto de demora.

Ella era de tardar, pero venía. Igual yo lo mismo me iba empantanando en el pavor y la certeza de que no iba a venir, porque no tenía ganas de verme o por algún motivo más terrible. Hasta que por fin llegaba, los nubarrones se despejaban y todo se iluminaba con ella. Ese glorioso instante pagaba con creces el sufrimiento de la espera.

Escenas como esta pertenecen a la prehistoria. Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) las extinguieron. Ahora un mensajito de texto (“Estoy llegando” o simplemente “voy”) disipa la ansiedad pero también destruye la acumulación energética de la espera y esa mezcla de alivio, placer y felicidad en el encuentro.

Era un tiempo en que no había celulares y uno desconfiaba hasta de la tecnología del portero eléctrico, que justo podía dejar de funcionar en el instante crucial en que ella por fin llegara. Y la telefonía móvil también mató aquellos papelitos pegados en el portero: “Amor, ya vuelvo, fui a comprar una birra”.


Sensaciones



También recluyó al museo de la literatura esa conmovedora escena -con la que tanto me identificaba en aquellos tiempos de urgencias sentimentales y hormonales- que narró Julio Cortázar en su cuento Las armas secretas, cuando Pierre espera y desespera en su cuarto de estudiante la visita de su amada Michèle.


“Las seis, la hora grave”, piensa Pierre. La hora dorada en que todo el barrio de Saint-Sulpice empieza a cambiar, a prepararse para la noche. Pronto saldrán las chicas del estudio del notario, el marido de madame Lenotre arrastrará su pierna por las escaleras, se oirán las voces de las hermanas del sexto piso, inseparables a la hora de comprar el pan y el diario. Michèle ya no puede tardar, a menos que se pierda o se vaya demorando por la calle, con su especial aptitud para detenerse en cualquier parte y echar a viajar por los pequeños mundos particulares de las vitrinas. Después le contará: un oso de cuerda, un disco de Couperin, una cadena de bronce con una piedra azul, las obras completas de Stendhal, la moda de verano. Razones tan comprensibles para llegar un poco tarde. (…)

¿Por qué no llega Michèle? Se sienta al borde de la cama arrugando el cobertor. Ya está, ahora tendrá que tirar de un lado y de otro, reaparecerá el maldito borde de la almohada. Huele terriblemente a tabaco, Michèle va a fruncir la nariz y a decirle que huele terriblemente a tabaco. (…)

Si no viene es porque está absorta delante de la vitrina de una ferretería o una tienda encantada con la visión de una pequeña foca de porcelana o una litografía de Zao-Wu-Ki. (…)

¿Por qué no llega Michèle? Ya no vendrá, es inútil seguir esperando. Habrá que pensar que realmente no quiere venir a su cuarto. (…) La ha estado esperando desde las cinco, aunque ella debía llegar a las seis; ha alistado especialmente para ella el cobertor azul, se ha trepado como un idiota a una silla, plumero en mano, para desprender una insignificante tela de araña que no hacía mal a nadie. Y sería tan natural que en ese mismo momento ella bajara del autobús en Saint-Sulpice y se acercara a su casa, deteniéndose ante las vitrinas o mirando las palomas de la plaza. (…)

-Qué tontería -dice Michèle- ¿Por qué no iba a querer ir a tu casa, si habíamos quedado en eso?

Cuesta imaginar a Michèle enviando un sms que diga algo así como “Mon amour, je serai un peu tard”.

Pobre Julio, no alcanzó a conocer este mundo tan normal y tranquilizador. Para él, la tecnología de la comunicación sólo tuvo tiempo de ser un motivo de perplejidad, inquietud y reflexión existencial.


Sonidos




Como en la introducción al disco con sus lecturas, donde a modo de disculpas plantea: "La idea de grabar un disco de manera más o menos académica, leyendo un texto tras otro, con esa sensación de cosa muerta que dan los discos de escritores, no me gusta demasiado. En el fondo, siempre es más interesante escuchar a un escritor cuando lo entrevistan en la radio, en la medida en que las pausas, las equivocaciones, su respiración, todo eso es una cosa más viva, una presencia más convincente. (...) Tengo muchos discos grabados por poetas y novelistas y siempre me ha molestado eso de sentir que a un señor lo sientan en una silla en un estudio de grabación, y él ha preparado ya determinados textos, y hay un gran silencio, y luego sale una voz como de la nada, una voz que parece ya muerta. Y del otro lado, habrá un día un señor que comprará el disco, lo escuchará en su casa y será también un poco como si él estuviera muerto cuando lo escucha".

Por eso propone improvisar, porque quisiera sentirse “como si estuviera en la misma habitación en donde usted oye ahora este disco. Y cuando digo usted, usted no existe para mí. Sin embargo, vaya si existe porque usted y yo somos este encuentro entre tiempos y espacios distintos, una anulación de esos tiempos y esos espacios, y eso es siempre la palabra y la poesía”.

O como en el texto La tos de una señora alemana, cuando luego de escuchar una grabación de un concierto de Wilhem Furbengler de los días posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, se pregunta quién será esa mujer que se escucha toser en un instante en medio de la música del Concierto en Re, de Ludwig Van Beethoven, y cómo ese pequeño sonido, proferido treinta años antes, “ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares y millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio” y se convertía en “un puente y un signo y una llamada”.

Luego de describir esta especie de milagro tecnológico, Cortázar se -y nos- preguntaba: "¿Quién fue esa mujer? ¿Dónde se sentó esa noche? ¿Está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión?"


Imágenes



O como en Nicaragua, tan violentamente dulce, título del libro en que Cortázar recopila, en 1983, varios de sus artículos y relatos sobre la revolución sandinista. En Apocalipsis de Solentiname, aborda el poder testimonial de la imagen fotográfica, una de sus obsesiones.

Pero antes hubo fotos de recuerdo con una cámara de esas que dejan salir ahí nomás un papelito celeste que poco a poco y maravillosamente y polaroid se va llenando de imágenes paulatinas, primero ectoplasmas inquietantes y poco a poco una nariz, un pelo crespo, la sonrisa de Ernesto con su vincha nazarena, doña María y don José recortándose contra la veranda. A todos les parecía muy normal eso porque desde luego estaban habituados a servirse de esa cámara pero yo no, a mí ver salir de la nada, del cuadradito celeste de la nada esas caras y esas sonrisas de despedida me llenaba de asombro y se los dije, me acuerdo de haberle preguntado a Óscar qué pasaría si alguna vez después de una foto de familia el papelito celeste de la nada empezara a llenarse con Napoleón a caballo, y la carcajada de don José Coronel que todo lo escuchaba como siempre, el yip, vámonos ya para el lago.

Ese día, el escritor toma con su propia cámara unas diapositivas, que hará revelar a su regreso a París. Al contemplarlas en su departamento, una imagen imprevista aparece dentro de una imagen prevista, como ocurre también en su cuento Las babas del diablo (Blow-Up, en la versión cinematográfica de Michelangelo Antonioni). Sólo que esta vez el drama fotografiado es real.

Anochecía y yo estaba solo, Claudine vendría al salir del trabajo para escuchar música y quedarse conmigo; armé la pantalla y un ron con mucho hielo, el proyector con su cargador listo y su botón de telecomando; no hacía falta correr las cortinas, la noche servicial ya estaba ahí encendiendo las lámparas y el perfume del ron; era grato pensar que todo volvería a darse poco a poco.

Pasaron las fotos de la misa, más bien malas por errores de exposición, los niños en cambio jugaban a plena luz y dientes tan blancos. Apretaba sin ganas el botón de cambio, me hubiera quedado tanto rato mirando cada foto pegajosa de recuerdo, pequeño mundo frágil de Solentiname rodeado de agua y de esbirros como estaba rodeado el muchacho que miré sin comprender, yo había apretado el botón y el muchacho estaba ahí en un segundo plano clarísimo, una cara ancha y lisa como llena de incrédula sorpresa mientras su cuerpo se vencía hacia adelante, el agujero nítido en mitad de la frente, la pistola del oficial marcando todavía la trayectoria de la bala, los otros a los lados con las metralletas, un fondo confuso de casas y de árboles.

Asombrado y golpeado por la imagen, piensa que no es suya, que en la óptica le dieron “las fotos de otro cliente”. Y continúa mirando, pero ya su mente no ve sus propias diapositivas, sino una secuencia imaginaria y al mismo tiempo verídica, una suerte de “video clip” del terrorismo de Estado que azotaba -y azota- a Latinoamérica, en donde cree reconocer a Roque Dalton, el poeta y revolucionario salvadoreño -autor de Los policías y los guardias, Oh Ligarquía, Por qué escribimos y el no menos político Poema de Amor-, fusilado por sus propios compañeros el 10 de mayo de 1975.

Sé que seguí; frente a eso que se resistía a toda cordura lo único posible era seguir apretando el botón, mirando la esquina de Corrientes y San Martín y el auto negro con los cuatro tipos apuntando a la vereda donde alguien corría con una camisa blanca y zapatillas, dos mujeres queriendo refugiarse detrás de un camión estacionado, alguien mirando de frente, una cara de incredulidad horrorizada, llevándose una mano al mentón como para tocarse y sentirse todavía vivo, y de golpe la pieza casi a oscuras, una sucia luz cayendo de la alta ventanilla enrejada, la mesa con la muchacha desnuda boca arriba y el pelo colgándole hasta el suelo, la sombra de espaldas metiéndole un cable entre las piernas abiertas, los dos tipos de frente hablando entre ellos, una corbata azul y un pullover verde.

Nunca supe si seguía apretando o no el botón, vi un claro de selva, una cabaña con techo de paja y árboles en primer plano, contra el tronco del más próximo un muchacho flaco mirando hacia la izquierda donde un grupo confuso, cinco o seis muy juntos le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba, una mano alzada a medias, la otra a lo mejor en el bolsillo del pantalón, era como si les estuviera diciendo algo sin apuro, casi displicentemente, y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte y alcancé a ver un auto que volaba en pedazos en pleno centro de una ciudad que podía ser Buenos Aires o São Paulo, seguí apretando y apretando entre ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos y carreras de mujeres y de niños por una ladera boliviana o guatemalteca, de golpe la pantalla se llenó de mercurio y de nada y también de Claudine que entraba silenciosa volcando su sombra en la pantalla antes de inclinarse y besarme en el pelo y preguntar si eran lindas, si estaba contento de las fotos, si se las quería mostrar.

Hoy que la tecnología nos asedia, nos atiborramos de imágenes en una “bulimia visual” (José Gómez Isla) y la música grabada “nos asalta” (Pascal Quignard), hoy que las fotografías de niños hambrientos o mutilados circulan por Internet con la estética del golpe bajo y la ética liviana de la militancia virtual, hoy quizás debamos -como Cortázar- apretar el “pause” de esta vorágine y ponernos a pensar un rato en dónde y cómo encaja el ser humano en esta historia.